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¿Qué tenemos hoy para comer? |
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| 17/7/2003 - El Correo Español |
| Elías Fereres |
Académico Numerario de la Academia de Ingeniería de España
Esta pregunta que formulamos rutinariamente cada día, parte del supuesto de que existen suficientes alimentos y que solo nos preocupa su variedad. La veracidad de este supuesto viene confirmándose diariamente entre nosotros durante varias décadas, por lo que resulta difícil imaginar un mundo donde escaseen los alimentos. Sin embargo, sabemos que casi uno de cada cinco habitantes del Planeta no tiene acceso a suficientes alimentos. No es un tema que preocupe al conjunto de nuestra sociedad, quizás porque esas personas no están entre nosotros..aún. ¿Cómo es posible que en el suministro de alimentos a los seres humanos puedan coexistir tanta abundancia y tanta escasez?. La falta de voluntad política y de solidaridad por parte de la gran mayoría de los países desarrollados hace que buena parte de la población mundial continúe sumida en la pobreza y el hambre hasta el día de hoy. Los esfuerzos patrocinados por la FAO (Organización para la Agricultura y la Alimentación de la ONU) apenas han avanzado desde 1996, año en el que se comprometieron 112 países representados por sus Jefes de Estado en reducir el número de hambrientos, cifrado entonces en unos 800 millones de personas, a la mitad en 20 años. Han pasado ya siete años desde entonces y apenas ha variado dicho número, lo que es una lamentable indicación de la ausencia de un compromiso político real para resolver un problema que debería avergonzarnos a todos.
Aunque el hambre está directamente asociado a la pobreza, fenómeno complejo y multidimensional, en el origen de las dificultades para acceder a suficientes alimentos se encuentra el fracaso de la capacidad productiva de la agricultura. Mientras que la agricultura de los países desarrollados es víctima de su propio éxito, ganarse el sustento con la agricultura de pequeña escala en los países en desarrollo es una empresa casi inabordable. Vale la pena detenerse en contrastar ambas situaciones para detectar las razones del problema descrito más arriba. La agricultura de los países ricos ha tenido un apoyo considerable del sector público, no sólo en investigación, sino sobre todo en un sistema que permite transferir la nuevas técnicas directamente al agricultor, la extensión y capacitación agrarias. Se trata de un sistema modelo que ha beneficiado a toda la Sociedad, ya que es el causante de que los costes de producción de los alimentos hayan decrecido sistemáticamente durante los últimos 50 años. Este descenso en los costes y en los precios en origen ha requerido que en la mayoría de estos países se hayan puesto en marcha mecanismos para mantener la renta de los agricultores, en forma de subvenciones. Lamentablemente, como en el caso de la Unión Europea, las subvenciones se han utilizado hasta ahora para sostener a la agricultura, no para hacerla más sostenible y competitiva. Por el contrario, la inversión en investigación y extensión agraria de la mayoría de los países pobres es mínima, lo cual hace que sea muy difícil acortar la brecha que existe entre la capacidad productiva de los sistemas agrícolas de ricos y pobres. La ausencia de recursos no permite a los países pobres acudir a las subvenciones para apoyar a sus agricultores, los cuales tienen cada vez mayores dificultades para sobrevivir. Estos problemas se ven agravados por una serie de conflictos violentos que contribuyen a la desestabilización de los sistemas agrícolas, particularmente en Africa.
Aunque el problema continúa ignorándose en los círculos políticos de los países más poderosos, los ciudadanos de estos países pueden hacer mucho para invertir esta situación. Hay que insistir en que la ayuda al desarrollo tenga la consideración que merece y que alcance los niveles del famoso 0.7% en aquellos países que, como el nuestro, ignoran sus responsabilidades con la comunidad internacional en este tema. Aún más importante es que dicha ayuda se aplique a establecer las bases de un desarrollo sostenible en el sector agroalimentario en los países receptores. Es frecuente que la generosidad y el sentido común brillen por su ausencia en muchos programas de ayuda al desarrollo, por lo que sería deseable una mayor coordinación internacional. Existen en este campo, organismos internacionales que vienen haciendo una labor merecedora de mayor apoyo y reconocimiento que el que han recibido hasta ahora. Uno de ellos es el Grupo Consultivo de Investigación Agraria Internacional (CGIAR) que, a través de 16 centros de investigación ubicados en países en desarrollo, ha sido responsable en el pasado reciente de la llamada Revolución Verde y que actualmente no recibe el apoyo necesario para tener un impacto similar en aquellos países que verdaderamente necesitan su ayuda. La identificación de las áreas y temas que vayan a ser los motores del desarrollo agroalimentario en esos países no puede hacerse desde fuera ni imponerse; es necesario un esfuerzo genuino para dar un salto cualitativo en la cooperación internacional, basado en transferir sistemas completos y no componentes, por importantes que ellos sean. Viene esto a colación por la reciente polémica entre la EU y los EEUU sobre transferir las semillas modificadas genéticamente a los países en desarrollo como solución para la lucha contra el hambre. Lo cultivos transgénicos que se usan hasta ahora en la agricultura de países como los EEUU, Argentina, etc.., contribuyen a reducir los costes de producción y a reducir el uso de pesticidas, disminuyendo el impacto de la agricultura sobre el ambiente. Pero, como bien sabe cualquier agricultor, la semilla no es nada sin un numeroso conjunto de técnicas que permiten sacar todo el partido a su potencial. La diferencia entre las 10-15 toneladas que produce una hectárea de cereales en los países más avanzados y las 1-2 de muchos países en desarrollo, no está en la semilla. Las diferencias residen en la disponibilidad de fertilizantes, agua de riego, productos fitosanitarios y sobre todo, en los conocimientos sobre cómo manejar bien los cultivos. Por tanto, la aportación de las semillas de cultivos transgénicos a la solución de los problemas agrícolas de los países pobres es casi irrelevante en el corto plazo. Mucho más importante sería establecer centros de demostración y programas piloto que, integrados en la cultura de los países receptores, permitiesen difundir los conocimientos necesarios y el acceso a las técnicas citadas para aumentar la productividad de las cosechas.
Y nosotros; ¿ podemos esperar que la abundancia y la diversidad actual de alimentos baratos dure indefinidamente? La respuesta afirmativa a esta pregunta dependerá de nuestra capacidad para conservar los recursos naturales en los que se basa la producción agraria, o sea, las tierras y el agua. La erosión, la desertificación, la escasez y contaminación de las aguas son amenazas muy tangibles en países como el nuestro. La conservación de los recursos naturales es una actividad que, a diferencia de la biotecnología, no puede atraer inversión privada puesto que no genera beneficios económicos en el corto plazo y la Sociedad no tiene el grado de concienciación necesario para valorar adecuadamente los beneficios a largo plazo. Por tanto, es el sector público el que debe ser la fuerza motriz que genere la investigación, la transferencia de tecnología, la extensión y las políticas e incentivos para que los recursos naturales sobre los que se basa la agricultura no se degraden con el tiempo. Hay países en los que la fragilidad de sus recursos naturales es tanta, que su conservación debería ser un objetivo de la mayor prioridad, si se quieren preservar dichos recursos para las futuras generaciones. A pesar de la poca atención que se presta a este problema, sería difícil encontrar un país dentro de la Unión Europea donde acometer esta labor sea más urgente y necesaria que en España.
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