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Transitar por la vida, vivir plena, consciente y libremente, es una tarea compleja, para la que nos vamos entrenando diariamente, poco a poco, guiados al principio por nuestros progenitores y por nuestros maestros, y luego sin más ayuda que la que nosotros mismos podemos recoger. Hubo seguramente épocas en las que la educación que se recibía en la infancia y juventud era, si aquella había sido del nivel apropiado, suficiente -o casi- para orientarse durante el resto de la existencia, al menos en lo que se refiere a aquellos conocimientos referentes a bajo qué leyes actúa la Naturaleza. No obstante, sin duda de ninguna clase, no vivimos en una época semejante, sino en tiempos en los que los contenidos de la ciencia cambian con una profundidad y rapidez apabullantes, tanto, que lo que aprendimos en el hogar, en la escuela, en el instituto o en la universidad sobre los fenómenos y leyes naturales pronto queda superado. El siglo XX fue especialmente rico en este sentido. Primero en la física, que cambió radicalmente con revoluciones como la relativista y la cuántica, asociadas a nombres como los de Planck, Einstein, Rutherford, Bohr o Heisenberg. Y luego en las ciencias de la vida, en, especialmente, la genética y la biología molecular.

De hecho, los cambios -tanto en conocimientos como en las consecuencias de esos conocimientos- producidos en esta segunda revolución no han terminado. Todo lo contrario: son como un océano enfurecido, que destroza litorales y azota barcos, en el que nos encontramos sumergidos, como náufragos en busca de un puerto seguro. Además, se trata de una revolución que nos afecta a los humanos de una manera muy especial: mientras que la revolución de la física del siglo XX dio lugar a conocimientos y artefactos que cambiaron nuestras existencias en, sobre todo, todo aquello material que es externo a nosotros, la revolución biológico molecular presente incide directamente en nuestros cuerpos y en toda la vida, animal al igual que vegetal, que puebla nuestro planeta; nos atañe y afecta, por consiguiente, de una forma muy especial.

En el núcleo central de esta revolución se hallan los conocimientos que a lo largo del, aproximadamente, último siglo hemos ido produciendo sobre los mecanismos que rigen la herencia biológica; esto es, la transmisión de los caracteres que nos caracterizan y configuran como individuos y como miembros de una especie determinada. Las páginas que siguen intentan ofrecer un esbozo, apenas unos apuntes, de algunos de los momentos más importantes de esa transformación científica. He intentado ser lo más claro y sencillo posible, pero no a cualquier precio. Las metáforas, por ejemplo, que a veces se utilizan para divulgar la ciencia pueden ser útiles, pero también engañosas. Y las he evitado, convencido como estoy de que los conocimientos sobre los que hablo aquí merecen ser presentados con claridad, sí, pero sin ser deformados. Necesitamos, necesitáis, queridos lectores, poseerlos, aunque sólo sea para leer los periódicos (también los necesitaréis, no lo dudéis, para cuestiones que tienen que ver con vuestra salud, o la de los vuestros). Y, recordar (es muy importante): ¡no sois tontos! Pertenecéis a una especie que aunque posea un buen número de características poco deseables, se distingue de otras por su capacidad de comprensión analítica, por su habilidad para entender, científicamente, el mundo. El contenido de las páginas que siguen está a vuestro alcance, y si tenéis problemas seguramente será por mi culpa. Pero aun en este caso, sois capaces, con un poco más de esfuerzo y de paciencia, de encontrar, de reconstruir, el sentido que yo debería haber sido capaz de transmitir. Es importante, en el mundo de hoy y en el que os espera, que sepáis algo de los procesos que subyacen en los procesos que controlan la vida. Y también es divertido. Uniros, por tanto, a un viaje que os llevará a conocer a personajes e ideas tan apasionantes como, por ejemplo, Darwin, Wallace, Mendel, Virchow, Ramón y Cajal, Pauling, Watson, Crick, Franklin, Ochoa, Venter, la teoría de la evolución de las especies, las neuronas del sistema nervioso, la estructura en doble hélice del ADN, el ARN, los genes, las proteínas o el Proyecto Genoma Humano.

¡Buen viaje!
Introducción
Prólogo
Darwin
  La evolución de las especies: el hombre proviene del mono.
Mendel
  el conocimiento de la herencia (los genes) en las plantas
Virchow
  las células
Ramón y Cajal
  las neuronas
Avery
  Núcleo celular y ADN
Pauling
  las moléculas y los átomos de la vida: el carbono
Crick-Watson-Franklin
  composición y forma del ADN
Severo Ochoa
  el ARN
Genoma humano
  30.000 genes en cada célula del hombre
José Manuel Sánchez Ron